El dios de los caminantes (3). Las piernas como único medio de transporte (2)


Día 14

Llevamos unos 12 kilómetros caminados hoy. Es la penúltima etapa. Dormiremos esta noche en Santa Irene y mañana llegaremos a Santiago. Vamos los tres a buen ritmo. 

Cuando transitamos entre Calzada y Salceda y todo hace pensar que llegaremos pronto a Santa Irene, Rosa siente un pinchazo en el pie derecho. Una nueva ampolla, que ha ido creciendo desde la mañana en su talón, le provoca un dolor inesperado, punzante e intenso. Rompe a llorar: «¿Ni un día voy a poder terminar tranquila? ¿Tengo que sufrir hasta el final?».

Nos detenemos en unos merenderos. Rosa se descalza. Punzo la ampolla, paso un hilo por ella, desinfecto la herida y la protejo con gasa y esparadrapo. Es solo un apaño. Llegará cojeando hasta el final. No sé qué decir para consolarla.


En este viaje hemos caminado por montañas en las que la vista se perdía en un horizonte difuso, hemos sido castigados por el sol y atravesado bosques brumosos con lluvia. Dos días casi no encontramos donde dormir. Otras tantas veces nos perdimos y la desesperación azotó nuestro cuerpo de pies heridos a tan solo dos días de Santiago.

Todo comenzó en la primavera de 2015, cuando tres amigos (Rosa Domínguez, Salud Arbella y yo mismo), nos propusimos ponernos en marcha y llegar a Santiago de Compostela, partiendo desde Oviedo, usando nuestras piernas como único medio de transporte.


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