Instrucciones para arropar a un niño

Hace unos meses participé en el concurso de relatos «Historias de mujeres» de Gerena, en Sevilla. Gané el concurso. Me hizo mucha ilusión por dos motivos:
Primero, porque había sido finalista en algunos concursos literarios, pero nunca había ganado ninguno.
Y segundo, porque el relato era un homenaje a mi madre.
Cuando lo escribí no podía imaginar que tan poco tiempo después ella iba a morir de manera tan fulminante a los setenta años y teniendo una relativa buena salud.
Cuando madre lo leyó, se emocionó, de la misma forma que yo me emocioné al escribirlo. Creo que logré transmitirle lo que agradezco su amor y todo lo que ha hecho por mí. Hasta siempre, mamá.
A continuación podéis leer el relato:


Instrucciones para arropar a un niño

Hay ciertos momentos que se anclan a la memoria durante la infancia y que son pequeños remansos dorados a los que a veces se vuelve.
Yo con mi madre tengo varios.
Recuerdo cuando me sentaba en el patio sobre sus piernas y le tocaba el lóbulo de la oreja. Era tan suave.
Recuerdo cuando en la bañera me quitaba el jabón del pelo con la ducha. Cerraba los ojos y, por unos instantes, al agua arrastrando el jabón, era el único sonido que escuchaba.
Y recuerdo cuando me arropaba por las noches antes de dormir.
El proceso era el siguiente:
Mi madre retiraba toda la ropa de la cama hacia atrás y la situaba a los pies de la misma.
Luego, yo subía al colchón y me mantenía estirado y muy quieto.
Después, mi madre separaba la sábana del resto de las mantas y me tapaba con ella hasta que quedaba cubierto por completo desde los pies a la cabeza.
A continuación iba cubriéndome, capa a capa, despacio y ordenadamente, con cada una de las mantas que la cama tuviera en ese momento.
Por último, recogía el embozo de la sabana hacia atrás, arrastrando al mismo tiempo las mantas, y dejando mi cabeza de nuevo libre, feliz y preparada para el sueño.
Me encantaba ese pequeño juego de ocultación y reaparición.
Yo intento compartir mis pequeños tesoros con mis hijos, trasladarles esa estela íntima que va uniendo las generaciones.
No sé si fue consciente en mi madre, pero sí lo es en mi caso.
No quiero que el recuerdo de mi madre acabe con ella ni conmigo. Quiero sentir que alguien la recordará, me recordará, cuando ninguno de los dos caminemos por este mundo. Supongo que este relato también intenta lo mismo, dejar constancia de nuestro paso por la Tierra.
No sé si lo lograré, si permanecerán esos momentos en los recuerdos de mis hijos cuando vayan cumpliendo muchos años.
Pero a veces, algunas noches, Diego me pide nervioso y sonriente:
—Tápame como te tapaba tu mamá.
Y entonces el juego es este:
Retiro toda la ropa de la cama hacia atrás y la sitúo a los pies de la misma.
Luego, Diego se sube al colchón y se mantiene estirado y muy quieto.
Después, separo la sábana del resto de las mantas y lo tapo con ella por completo desde los pies a la cabeza.
A continuación voy cubriéndolo, capa a capa, despacio y ordenadamente, con cada una de las mantas que tenga en ese momento la cama.
Por último, recojo el embozo de la sabana hacia atrás, arrastrando al mismo tiempo las mantas, y dejo la cabeza de Diego de nuevo libre, feliz y preparada para el sueño.
Buenas noches.

La letra de mi madre en uno de sus cuadernos de recetas

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