Equilibrio perdido

Estábamos en el metro de Madrid. Rodeados. Físicamente envueltos por la gente. Yo me agarraba de una argolla del techo y Rosa se agarraba a mí. Ella no llegaba a las sujeciones que colgaban y no había libre ninguna barra vertical.


Rosa me dijo:
—Cuando estudiaba magisterio tenía un equilibrio endiable. Me las apañaba para ir de pie en el autobús urbano con una carpeta enorme tamaño A2 sin caerme. Después terminé la carrera y perdí mi equilibrio sin saber por qué.
Me resultó increíble que Rosa hubiera tenido alguna vez un equilibrio envidiable. Es capaz de dar un traspiés sin venir a cuento, mientras permanece de pie sin moverse, sin que ni siquiera sople el viento. De verdad.
Disimulando, le pregunté qué autobuses la llevaban a la facultad.
Y así me enteré de que el equilibrio debe andar huérfano y abandonado en la línea 5 o en la 23 en el circular 2.
No dije nada. No dije nada pero me propuse encontrar ese equilibrio allá donde estuviera.
En julio, casi cuatro meses después, empecé la búsqueda. La excusa para ausentarme unas horas cada mañana es que quería recuperar la forma y caminar todos los días. Pero la realidad es que iba en coche hasta Sevilla para explorar minuciosamente cada posible autobús de lunes a viernes.



Compré una pequeña libreta y un boli Bic. Subía al autobús y procuraba situarme en la primera fila o en lugares cercanos a la entrada. Después buscaba el número de identificación del vehículo y lo anotaba en la libreta.
Luego, asiento por asiento, hueco a hueco, iba buscando al ser etéreo y escurridizo que imaginaba que podría ser el equilibrio de Rosa.
El procedimiento era lento porque debía ir ocupando cada asiento y esperando a que fueran quedando libres para hacer mi exploración.
La voz debió correrse a los pocos días porque los conductores empezaron a mirarme raro en cuanto entraba y me buscaban por el retrovisor cuando se detenían en un semáforo o por un pequeño atasco. No me extraña. Yo también me hubiera considerado un lunático. No podían imaginar que estaba llevando a cabo una labor humanitaria.
Había comenzado por la línea 5 y ya conocía el recorrido de memoria: Puerta Triana, República Argentina, Prado de San Sebastián, Gran Plaza, Santa Aurelia, Carlos Marx y vuelta atrás.


A medida que fui reencontrando autobuses ya explorados, el proceso se aceleró y a finales de julio di por comprobados todos los autobuses de la línea 5 sin éxito.
Fue una decepción, porque era el más usado por Rosa y siempre pensé que su equilibrio estaría ahí.
En agosto, Rosa empezó a programar una quincena de vacaciones en la playa y yo temí por el futuro de mi búsqueda. Por fortuna, la quincena de vacaciones no empezaría hasta el día 12, así que tenía varias mañanas para continuar con la línea 23.
Busqué en el plano de la compañía la línea 23 y no la encontré. Busqué en la página web oficial y en la aplicación de Tussam y nada. Fui al punto de atención al cliente del Prado de San Sebastián y confirmaron mis sospechas y me alegraron el día: la línea 23 había desaparecido en 2010 y se había unificado con la línea 5 para mejorar la rentabilidad de ambos recorridos.


Volví a casa con energía, sabiendo ya exploradas dos de las tres líneas previstas.
El cuatro de agosto comencé con el circular 2.
El día diez, dos días antes de salir hacia la playa, ocurrió un desastre.
Me subí a un autobús, me senté en segunda fila, busque la placa de identificación y anoté en la libreta un número que me resultó conocido: 131415b. Repasé hacia atrás las páginas hasta que encontré el número repetido. En ese momento, un temor que habitaba en mi pensamiento sin querer admitirlo, se hizo patente: cualquier autobús podía circular por cualquier recorrido con solo cambiar la numeración digital de la pantalla exterior.
Caí en la desesperanza. Había pensado devolverle a Rosa su equilibrio perdido como regalo de fin de verano y la aventura me pareció una hazaña inalcanzable. Rosa se trastabillaría de por vida y sin motivo sin que ni ella ni yo pudiésemos hacer nada para remediarlo.
Permanecí en el C2 hasta que volvió a Cartuja. Me bajé de él, caminé hasta el coche y regresé a mi casa.
Terminé de hacer la maleta como pude y tres días después partimos hacia la playa.
Debí ser un zombi en esas dos semanas de vacaciones porque apenas recuerdo nada de ella. Los niños no consiguieron desesperarme ni la sal pegajosa logró incomodarme.
Pasó el verano, llegó septiembre y volvimos al trabajo.
Se acercaba el invierno cuando volví a sacar la libreta y retomé mi búsqueda, mucho más serena que la vez anterior. Durante meses, dediqué sólo tres horas de las mañanas de los sábados a la investigación.


A finales de mayo por fin di con algo.
En la fila trasera de la línea 13, agazapado y oculto entre dos asientos, vi una luz verde y suave que salía de entre dos asientos. Era hora punta. Coloqué encima la chaqueta y esperé a que el autobús estuviera más despejado.
Luego me agaché con cuidado, me asomé al hueco del que provenía y encontré un ser inmóvil que trataba de pasar desapercibido. Era más delgado de lo que esperaba y también más parecido a un ser humano de lo que imaginé, a pesar de que casi carecía de brazos y de las enormes orejas que, perpendiculares, le coronaban.
Le hablé en voz baja pero no me contestó. Volvía a intentarlo:
—No voy a hacerte daño. Llevo casi un año buscando un equilibrio perdido, sin encontrar nada. Nunca he visto uno. No sé si eres uno de ellos. No es mi equilibrio el que busco sino el de la mujer a la que quiero. Puede tropezarse con la nada en cualquier parte, ¿sabes? Y no quiero encontrármela un buen día dentro de una olla de puchero, en un arriate de buganvillas o en el parabrisas de un monovolumen.
Seguí hablando un buen rato hasta que el ser me contestó. Supongo que se dio cuenta que no quería hacerle ningún daño y que no iba a convertirle en una atracción de feria:
—Soy un equilibrio perdido, pero no el que buscas. Pertenezco a un hombre del que caí mientras soñaba que volaba. Solía soñar despierto y sabía que tarde o temprano sucedería. No somos muchos a los que nos sucede algo parecido. Solo una vez he encontrado a otro equilibrio perdido, pero tampoco es el que buscas porque antes equilibraba a una joven estudiante que cargaba carpetas enormes camino a la facultad sin tambalearse.
—¡Es ella! ¡Es ella! —dije excitado.
Los pocos pasajeros del autobús se volvieron hacia atrás para mirarme y el ser se retorció sobre sí hasta convertirse en una esfera de unos tres centímetros.



Tuve que esperar un buen rato hasta que volvió a hablarme. Se me hacía tarde pero no pensaba abandonar ahora. No sé las veces que le pedí perdón y que le aseguré que no volvería a repetirlo. Finalmente me dijo:
—Hace mucho que no lo veo —me relató—. Había perdido la esperanza y ya no salía de ruta en busca de su dueña. Permanecía en el hueco de un autobús estropeado, una especie de hogar en el que dejaba pasar los días hasta su extinción. A mí nunca me pasará eso. Buscaré a mi dueño hasta encontrarle o hasta ser adoptada por otra persona.
—¿Te gustaría venir conmigo? —le invité—. El cuerpo de Rosa es hermoso y confortable.
—Lo siento. Mi herida aún duele. Es demasiado pronto para empezar una nueva relación. Seguiré intentando volver a encontrarle. Si ninguno hemos tenido suerte, ven a buscarme dentro de unos años.
—¿Y dónde puedo encontrar a ese equilibrio del que me has hablado? —le pregunté.
—Vivía en un autobús que hacía habitualmente el recorrido número 23. Creo que era el mismo en el que se desconectó de la estudiante. El autobús llevaba años esperando ser trasladado al desguace. Un día dejé de verlo, así que seguramente haya acabado allí.
—¿Y dónde está ese desguace?
—No lo sé —me respondió—. Puedo repetirte todas las paradas y recorridos mientras permanezco sobre un pie con los ojos cerrados y las orejas tiesas, pero no sé dónde está el desguace. No hay ninguna línea que llegue hasta allí.
Mi rostro se entristeció. El equilibrio lo advirtió y me dijo:
—Tengo algo que puede servirte de ayuda. En el aparcamiento donde todos los autobuses pasan la noche llaman al desguace el cementerio de elefantes. Si preguntas allí por ese sitio seguro que hay alguien que puede indicarte dónde se encuentra.
—Gracias, gracias. No sé cómo agradecerte tu ayuda.
El ser empezó a refulgir con más fuerza. Una especie de sonrisa difusa cruzaba su cara. Al momento temió ser descubierto y trató de aovillarse y ocultarse.
Busqué algo con qué cubrirlo. Llevaba en el bolsillo un pañuelo de tela limpio y se lo dí.
—Es lo único que tengo que pueda ocultarte.
Lo aceptó con agrado. Con sus diminutas manos lo ató alrededor de su cuello y lo lució con orgullo delante de mí. Parecía un minúsculo superhéroe refulgente, sin brazos, con piernas delgadas orejas palmoteando. Era ridículo pero entrañable.
Nos despedimos y me bajé de la línea 13.
Seguí las indicaciones que me había dado y llegué al aparcamiento de la empresa. El empleado al que pregunté se sorprendió de que conociera el desguace con ese nombre.
—¿Y quién le ha dado ese nombre?
—Mi anterior compañero —le mentí—. Trabajo para una multinacional dedicada a la reutilización de materiales de automoción. Soy ahora el responsable de la zona sureste de la península y estoy visitando por primera vez los desguaces con los que trabajamos.
El empleado se tragó el cuento y me dio la dirección:
—El cementerio está en la carretera de Carmona, en el kilómetro 5.

Al día siguiente fui en coche a esa dirección. Aparqué en un lugar alejado y caminé hacia la entrada. Estuve un buen rato observándola. No pensaba cometer ningún delito pero me hubiera sido difícil explicar qué hacía allí dentro si me pillaban.
Cada cierto tiempo la puerta se abría, un vigilante salía, caminaba unos cien metros  hasta un árbol y fumaba un cigarro mientras usaba el móvil. Había instalado una silla plegable de playa bajo el árbol. Pensé que tendría prohibido fumar en el interior y que el tipo prefería quemar el árbol antes que ser despedido. Dado el interés con que se dedicaba al pitillo y al móvil, no me costó ningún trabajo entrar en el desguace haciéndolo por el lado contrario donde estaba la morera que lo cobijaba.
El interior del desguace era una enorme explanada rodeada por un gran muro. Había tres zonas separadas unas de otras.
En la primera había vehículos descoloridos, con graffitis, sin cristales y con roturas de poca importancia. Ninguno de los que vi tenía las ruedas en buen estado pero todos se mantenían en pie.
En la segunda zona se amontonaban llantas, retrovisores, puertas, ventanillas, tubos de escape, asientos y restos de motores.
Y en la tercera, la que ocupaba mayor extensión, estaba ocupado por armazones de lo que una vez fueron autobuses. Las estructuras se habían ido blanqueando al sol y parecían enormes cajas torácicas que hubieran perdido las vísceras. No era extraño imaginar que una manada de elefantes hubiese ido a morir allí.



Crucé los dedos para que el vehículo que buscaba no hubiera terminado despiezado o para que no fuera un estético amasijo de huesos al sol.
No había más vigilantes y llegué sin sobresaltos a la zona primera. Había varias decenas de autobuses. Algunos conservaban la identificación. Cuando llevaba unos doce inspeccionados, subí a un número 23 que mantenía el cartel identificador sobre el parabrisas. Subí con nerviosismo, revisé cada asiento y casi cuando llegaba a la parte de atrás, en un saliente creado por la rueda trasera izquierda, vi una especie de nido, fabricado con restos de ramas y fibras textiles. Me acerqué con cuidado, temiendo que un pájaro o un ratón saltara de repente. Me aproximé más y más y nadie revoloteó ni brincó. En el nido, aovillado, como había visto el día anterior, y casi apagado, había un equilibrio perdido.
Lo tomé en mis manos. No se movía. Espiré aire caliente sobre él siguiendo un impulso. Repetí aquello muchas veces hasta que el ser se movió y deshizo su forma circular hasta convertirse en un óvalo.
—Sé quién eres. Llevo buscándote casi un año. He subido a todos los autobuses de Sevilla para encontrarte. Conozco el cuerpo en el que una vez habitaste. Rosa vive conmigo y he venido a llevarte con ella.
Aunque no brotaron lágrimas de su cara, me pareció que lloraba.
Lo metí en mi bolso. Despejé un bolsillo interior para que estuviera más cómodo.
Bajé del autobús y miré hacia la entrada. La garita del vigilante estaba otra vez vacía. Caminé con paso rápido hacia la salida y cuando iba a cruzar la puerta me topé cara a cara con el vigilante.
—¿Qué hace usted  aquí? —me interrogó.
—Buscaba un desguace del que me habían hablado. Necesito una caja de cambios de segunda mano para mi Peugeot 205 y el mecánico me ha mandado aquí. Pero está claro que me he equivocado de lugar. Si me disculpa —dije intentado salir.
—Oiga, espere, espere —dijo poniendo la mano sobre mi pecho—. No puedo dejarle salir sin inspeccionarle. No es el primero que pasa por aquí con algún cuento. Inventáis lo que sea por un poco de grifa. Sígame —me ordenó.
Entramos en su garita.
—Vacíese los bolsillos y déjeme ver su bolso.
Puse mis bolsillos de revés y le di mi bolso. Sacó primero la libreta, el bolígrafo, la cartera y las llaves. Siguió mirando en los pequeños bolsillos interiores. Un pequeño fulgor salía de uno de ellos, pero cuando su mano iba a introducirse dentro, mi móvil comenzó a sonar y a vibrar al mismo tiempo.
—Lo llaman. Tome —y me acercó el teléfono.
Supongo que creyó que la luz provenía del móvil porque a continuación, mientras yo hablaba por teléfono, metió en el bolsillo todo lo que había sacado, me lo devolvió, se despidió y salió de la garita.

Cuando llegué a mi casa, no había nadie. Rosa había salido a visitar a su abuela y pude preparar la sorpresa sin miedo a ser descubierto. Saqué al equilibrio del bolso y lo puse sobre la palma de mi mano.
Como pudo se levantó sobre sus piernas. Apenas se mantenía en pie. «Vaya equilibrio», pensé. Me pareció más alto que el otro. Las piernas eran muy delgadas y las orejas apenas se levantaban.
—¿Necesitas comer o beber?
—No. Solo necesito volver a habitarla para recuperarme.
Lo dejé en nuestra cama, sobre la almohada de Rosa.
Esa noche, al acostarnos, simulé una indisposición y me demoré en el baño para dejarla a ella entrar sola en el dormitorio.
Cuando entré en la habitación, Rosa estaba llorando. Tenía un brillo verdoso en las palmas de las manos.
—Gracias —me dijo.
Nos abrazamos un tiempo infinito y hermoso.
A la mañana siguiente, al sacar el pan de la tostadora, Rosa dio un traspiés hacia la izquierda.
Por la tarde, mientras tendía las camisetas, dio otro hacia atrás.
Por la noche, frente al espejo del baño mientras se lavaba los dientes, se balanceó hacia la derecha.
«El equilibrio estará demasiado débil aún», pensé.
Pero pasaron los meses, se acercaba otro nuevo año y los traspiés no desaparecían.
«Ten paciencia», me dije. «No ha sido en vano», traté de convencerme.
Pero ayer, mientras me hablaba, Rosa se abalanzó sobre mí y me partió la nariz de un cabezazo. Si en primavera no mejora, saldré en busca del otro equilibrio. Aunque sea cruel por mi parte, espero que no haya encontrado todavía a su dueño y que quiera venirse conmigo. Le haré una oferta que no podrá rechazar.
Todo sea por la estabilidad de Rosa.
Y por mi propia salud.

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