La otra edad del almendro

En mi tierra y en mi familia, hay agricultores que solo buscan productividad en lo que cultivan y únicamente ven belleza en un campo labrado y sin hierba. Para ellos, contra ellos, escribí esto.

Desde enero, por las altas temperaturas, hay almendros florecidos en la comarca del Aljarafe

«Erminio Cortés compró la finca de Simón el panadero por mucho más de lo que valía, aunque para Cortés no supuso un desembolso excesivo. Tenía cincuenta y un años cuando la adquirió. Se enorgulleció de contar ya con posesiones suficientes para obtener a la vez, a lo largo del año, todos los cultivos que admitía la comarca: trigo, girasol, almendra y aceituna.
Llevaba trabajando en el campo desde los diez años a jornada completa. A esa edad podía guiar un mulo y obligarlo a seguir una senda para rajar el suelo.
Erminio miró satisfecho su nueva propiedad e imaginó su futuro. El pozo apenas proporcionaba una hora de riego al día, insuficiente para los naranjos que malcrecían, pero de sobra para regar la colza que pensaba plantar.
Cuando arrancó los naranjos, contempló con placer el erial amarillento y labrado, aunque comprobó con disgusto la asimetría de la finca. Una curvatura en el lado oeste impedía que fuese un cuadrado perfecto.
Los límites los marcaban cuatro estacas en las esquinas y un cordón de rastrojos y arbustos de hojas aciculares. En la linde sur, un almendro frondoso daba hermosas flores y almendras amargas.
A pesar de que poco o nada podían robar de sustento o de agua, eliminó el almendro y las plantas limítrofes y las sustituyó por una cerca de alambre de espinos.
La cosecha de colza fue un éxito. Todos alababan la visión de Cortés para introducir en la zona el nuevo cultivo.
Al año siguiente, la producción también fue muy buena, aunque en los alrededores del lugar donde había estado el almendro, a pesar de no haber rebrotado, la colza había crecido más débil y los frutos obtenidos habían sido menores.
Pero en primavera, con las lluvias, sí aparecieron con energía ramas de almendro, dificultando el crecimiento del cultivo. Erminio Cortés cortó las ramas con la azada y después aró repetidas veces la zona con el tractor y con las cuchillas más profundas de que dispuso, sin importarle destruir con ello una parte de la colza joven.
Durante tres temporadas, el hombre se dio por vencedor. Pero al cuarto año, resurgieron brotes de almendro de un verde brillante.
Turbado y encolerizado, Cortés se dirigió a su casa y se preparó a conciencia. Regresó y trituró con el hacha todos los rastros del árbol que encontró. Luego vertió gasolina sobre los restos y les prendió fuego. Cuando la llama decaía, agregaba más gasolina. Así hasta agotar la garrafa de combustible. Cuando solo quedaba un delgado rastro de humo negro, extendió medio saco de sal sobre el lugar y lo cubrió con tierra.
El rendimiento en esa zona no volvió a ser el mismo. La sal afectó a esa porción de la hacienda. Pero a Erminio Cortés le parecía justa la pérdida a cambio de haber exterminado a un árbol que nada le proporcionaba.
Cada año, cuando llegaba la humedad y el calor de la primavera, Cortés no olvidaba recorrer la linde sur de la propiedad para comprobar que todo seguía en orden.
El almendro, agazapado y dormido, aprendió a reconocer las pisadas lentas y firmes del hombre. Y comprendió que valía la pena perder esa batalla y esperar tiempos mejores.
Con el tiempo, las pisadas de Cortés siguieron siendo lentas, pero sus huellas ya no lograban hollar el suelo.
Un mes de marzo especialmente lluvioso, el almendro se extrañó de no escuchar las pisadas del hombre controlando sus dominios cuando la lluvia arreció.
Pero unos meses antes, en agosto, Erminio Cortés había fallecido a la edad de setenta y ocho años, asfixiado, tras un golpe de calor, él que se jactaba de resistir el trabajo a pleno sol sin ni siquiera proteger su cabeza con un sombrero.
A pesar de cobrar una pensión desde hacía más de diez años, hasta el mes de su muerte dirigió sus cultivos y a sus trabajadores. Y dejó a sus descendientes un patrimonio que jamás soñaron que tendrían.
Sus dos hijos siempre habían trabajado a las órdenes de su padre, llevando sus instrucciones adonde él les indicaba, pero desconocían la suma con la que se encontrarían. Nunca nadie les había preguntado por su futuro y de pronto se vieron con la posibilidad de decidir.
Hicieron cálculos, vendieron las posesiones y comprobaron que podrían llevar una vida holgada. El menor compró media docena de caballos y se dedicó a la cría y a la doma. El mayor invirtió su capital en empresas que alguien le convenció de que eran rentables.
Sus tierras terminaron en manos de diferentes propietarios. Unos eran labradores y otros especuladores, pero ni a unos ni a otros les preocupaba un almendro seco al borde de su propiedad.
El almendro dejó pasar varios años más. Y un mes de abril, lanzó un brote verde a la vida y esperó las consecuencias.
En noviembre, una sembradora plantó trigo. Los agricultores abonaron y fumigaron, pero nadie reparó en el tallo nuevo.
A la siguiente primavera, el almendro se atrevió a dejar crecer otra nueva rama. Y tampoco nadie pareció preocuparse por aquello.
Confiado, el almendro se dejó llevar. Dos años después, los dos brotes se habían convertido en delgados troncos de más de un metro y medio de altura. El árbol volvió a florecer después de mucho tiempo y las ramas competían por mostrar la flor más bella. Las abejas regresaron y tiñeron sus patas con el polen de las flores.
Casi un siglo después, las tierras fueron abandonadas. Las sequías habían desplazado los cultivos más al norte. Viejas y nuevas plantas competían por la humedad. Rastrojos y  arbustos de hojas aciculares. El almendro era otra vez una masa frondosa y anárquica acostumbrado al sustrato pobre y al sol infernal. En marzo brotaban hermosas flores. A finales del verano, pájaros, roedores e insectos se alimentaban con las almendras amargas que caían, maduras, al suelo.»

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