El dios de los caminantes (4). Tres Caminos

 


En 2015 completé mi tercer Camino de Santiago.

En el primero, en 1997, solo tenía 21 años, era el primer viaje sin mis padres y estuve acompañado por mi hermano y cuatro buenas amigas y amigos. Hicimos el trayecto español del Camino Portugués desde Tui a Santiago, aunque yo empecé en Redondela. En aquel año no había albergues en ese trayecto y dormimos en polideportivos, colegios y casas particulares. No gastamos ni una peseta (aún no había llegado el euro) en pernoctar.  Apenas nos cruzamos con otros peregrinos en más de ciento veinte kilómetros, las señalizaciones escaseaban y a menudo nos perdíamos. Sentimos mucha generosidad en esos pocos días: nos dieron pinchos gratis en el desayuno, gente que no nos conocía nos ofreció sus casas, una señora nos regaló una botella de vino blanco de su cosecha para acompañar nuestros bocadillos y la policía local de Pontevedra nos acercó en su coche a un restaurante para cenar. Y la llegada a la plaza del Obradoiro fue una de las sensaciones más extraordinarias que he experimentado. Como me dijo mi amigo Gerardo Delgado, no hay nada como llegar con esfuerzo al destino. Multiplica las satisfacciones. Por entonces eran pocos los lugares que conocía y me impactó aquella plaza. El Pórtico de la Gloria no estaba en obras y era de acceso libre, y vi al botafumeiro, del que nunca había oído hablar, elevarse de pronto sobre mi cabeza. Como todo lo extraordinario que se vive por primera vez, fue algo inolvidable.


En 2013 pude cumplir mi sueño de recorrer el Camino Francés desde Roncesvalles hasta Santiago. Pero muchas cosas habían cambiado. Había más alojamientos, más servicios y las vías estaban mejor señalizadas, pero todo era más caro y estaba más masificado, sobre todo en los últimos 100 kilómetros. Sufrí muchos dolores de pies, de piernas y de espalda. Estuve a punto de abandonar en León. Tenía 38 años, había viajado bastante y escribía un diario de viaje por las tardes.


Cuando en 2015 decidí recorrerlo por tercera vez, esta vez haciendo la ruta del Camino Primitivo, mi experiencia me evitó no pocos malestares. Había aprendido mucho de los aciertos y errores cometidos con anterioridad.

Quienes lean este relato de mi tercer Camino quizá puedan librarse de algunos problemas y tal vez lleguen a imaginar, a través de mis palabras, cómo puede ser ese viaje a pie hasta tierras gallegas.


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