El dios de los caminantes (2). Las piernas como único medio de transporte (1)


Día 4

Once comensales nos sentamos en torno a dos mesas rectangulares unidas para la cena. Parece de chiste, pero hay dos canadienses, un francés, un estadounidense, un australiano, una austriaca y unos cuantos españoles.

Ya hemos degustado ensalada, empanada, croquetas, sopa de cocido castellano y estofado de ternera. Inesperadamente llega otro plato de paella antes del postre. La cena nos ha costado diez euros. Estamos en Campiello, en la cuarta etapa.

En un esforzado español, uno de los canadienses describe a la perfección la cena de hoy: 

—¡Es más difícil acabar los menús asturianos que el Camino de Santiago!

Todos acabamos riendo con la ocurrencia y con su risa contagiosa y divertida.



Día 5

Después de más de dos horas, nos movemos sobre las cumbres. Inmensos valles nos rodean. Los montes azulean y se difuminan con la lejanía. La civilización se deja notar en las líneas que dibujan las carreteras en las laderas de las montañas, pero nada llega de los motores que las surcan. Parece que lograremos escapar de los ruidos humanos por unas horas.

Las piedras del primer hospital de peregrinos aparecen, las ruinas del Hospital de Paradiella, que existía al menos desde el siglo XV. Hay poco en pie, los restos de dos cortos muros entre matorrales verdes. Pero es emocionante sentirse unido a las miles de personas que antes que nosotros, hace siglos, transitaron por aquí, cuando no existía señalización ni botas impermeables que protegieran los pies.


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